Dame tu voto. Gracias

Dame tu voto en HispaBloggers!

viernes, 16 de diciembre de 2016

LA MANCEBÍA EN LA CÓRDOBA DEL SIGLO XV

    Desde tiempos remotos han existido las conocidas como rameras, estas mujeres de la calle que vendían su cuerpo a quienes pudieran pagarlo. Tanto en el mundo griego, como en el romano se arbitraron medidas para ejercer algún tipo de control sobre estas rameras callejeras. Al margen de las prohibiciones y restricciones coránicas, en las grandes ciudades andalusíes existió algún tipo de reglamentación de la labor de las prostitutas. En la Córdoba califal, las mujeres de la vida debían abonar una tasa especial por el permiso de trabajo, así como tapar su rostro con un velo para diferenciarlas de las mujeres honradas. En lo que respecta a la creación de burdeles propiamente dichos, no hay testimonios en Andalucía hasta la llegada del siglo XIV. 

    A partir del siglo XIV y hasta su cierre, en el año 1623 la mancebía oficial se ubicaba en la collación de San Nicolás de la Ajerquía, por aquel entonces la collación de mayor importancia económica y comercial de la ciudad. Esta zona era de paso obligado para comerciantes y viajeros hacia Sevilla o hacia Castilla, siendo además, acceso principal al centro urbano. En dicha collación era normal que proliferasen talleres los talleres artesanos de toda índoles y los mesones. No había en aquella Córdoba un lugar más idóneo para emplazar una mancebía (jóvenes aprendices, comerciantes que en su largo recorrido pasaban muchas noches solos...).

    Las autoridades cordobesas ubicaron el burdel en un tramo de la calle Potro (la que se ubica más cercana a la calle de la Feria), en la circulación existente entre la Puerta de Baeza que seguía por la Carrera del Puente, la Alcaicería, a espaldas de la Catedral y su salida por la Puerta del Puente en dirección Sevilla. Y para evitar que las prostitutas empañaran la tranquilidad de los viajeros y comerciantes, ordenaron los regidores cerrar el acceso de la calleja con una puerta que aislase la mancebía de las calles. Tras la puerta, una muy estrecha calle acogía algunas boticas y los accesos a varios mesones especializados en el comercio carnal.

    Con el pasar de los años y el auge de población que Córdoba estaba obteniendo, el recinto se empezó a quedar pequeño, pues al ver más clientes, estos atrajeron a más mujeres, por lo que no tuvieron más remedio que instalarse en las casas colindantes a la mancebía, provocando un sinfín de altercados. Además, el deterioro del muro que delimitaba el adarve hicieron que los alarifes aconsejaran la reforma del lugar, y los regidores, para ahorrar dinero de las arcas públicas, autorizó la construcción de nuevos mesones y boticas para las rameras con la condición de que los propietarios se comprometieran con el mantenimiento de estas. La demanda de empresarios que solicitaban ayudar fue masiva, pues muchos vieron la oportunidad de entrar en un negocio que dejaba mucho dinero.

    Entre los más importantes dueños de los inmuebles del burdel nos encontramos al propio cabildo de la Catedral de Córdoba, que desde antaño poseía de algunas boticas sueltas. No es de extrañar esta vinculación entre la Iglesia y el negocio de la prostitución. Mas bien al contrario, era un fenómeno habitual en toda la Castilla de la época, avalado por la doctrina moral que otorgaba licitud a los beneficios obtenidos del alquiler de los burdeles si es que no había otro uso posible al que dedicar las casas de la Iglesia. 

    En definitiva, la prostitución era un negocio en el que todos salían ganando, todos menos las prostitutas, que veían como todos sacaban beneficio de ellas. Por un lado, el propio ayuntamiento de la ciudad, pues los impuestos que tanto las prostitutas como los empresarios debían de pagar lo hacían un negocio rentable, por otro lado los empresarios de las boticas y mesones que veían sus arcas llenas. Según las Ordenanzas del Concejo de Córdoba, fechadas en el año 1435, toda prostituta debía abonar un maravedí a los alguaciles al llegar por primera vez  ala ciudad; además se les pagaba otro maravedí cada sábado en concepto de protección oficial. Sabiendo que una de las prácticas clandestinas más habituales de las mujeres públicas era el de abandonar la mancebía por la noche en busca de nuevos clientes, los alguaciles empezaron a exigir a finales del siglo XV un real de plata para hacer la vista gorda ante esta infracción.

    Por tanto, podemos decir que la práctica reglada de la prostitución fue algo muy común en la Córdoba de la Edad Moderna, un negocio en el que participaban no sólo rameras y rufianes, sino que además participaron empresarios de toda índole, sea religiosa o civil, y que dieron la fama a una zona como era el Potro que le acompañó durante estos siglos. 

jueves, 1 de diciembre de 2016

LA VÍA AUGUSTA EN SU PASO POR CÓRDOBA

       La red de calzadas por la Bética estaba estructurada por tres ejes fundamentales, siendo la Vía Augusta el eje principal, pues unía las cuatro ciudades (o concejos) más importantes Gadir, Hispalis, Astigis y Corduba. 

     
Milario romano
Las calzadas contaban distintos tipos de infraestructuras de apoyo, los mansos o mansiones, que eran lugares de descanso y provisión para caballería, encontrados más o menos cada 20 o 25 millas romanas (cada 35 kilómetros). También existían unas postas, que era el lugar de relevo de las caballerías. Por otro lado, también se encontraban en torno a estas calzadas, los miliarios, que no era otra cosa que el amojonamiento de estelas de piedra cerca de las vías a cada milla romana ( 1481 metros). Los tabellarii eran unos miliarios más pequeños, que se colocaban cada cien pasos. A su paso por Córdoba, podemos ver estos miliarios en la Cuesta del Espino, Cuesta de los Visos o en su recorrido hacia Alcolea. Los puentes eran otro tipo de Infraestructura muy usado en época romana para dar continuidad a la calzada y salvar el tramo de los ríos. El más importante de la Vía Augusta se encuentra en el río Guadalquivir a su paso por Córdoba.

       Centrándonos en Córdoba, la Vía Augusta, principal eje comunicativo del Imperio Romano en su paso por la Bética, transcurrió por la antigua carretera nacional IV hasta el kilómetro 396 dirigiéndose hacia la ciudad, cruzando el Guadalquivir mediante el Puente Romano hacia Aldea Quintana pasando por Cuestas de los Visos y la del Espino. En el año 2009, por unos arreglos en la calle Alfonso XIII se encontraron vestigios de esta vía en su paso por Córdoba, más concretamente el decumanus maximus, arteria principal de toda ciudad romana, que es la que corta la ciudad en dirección Este-Oeste.

     
Puerta gallegos
De las 78 hectáreas que formaban la Córdoba romana en época romana, podemos destacar de su muralla dos de las puertas de acceso por las que transcurrían las calzadas romanas, en primer lugar la conocida como Puerta Gallegos, fue la puerta de entrada y salida del camino romano hacia Hispalis (Sevilla), a través de la Vía Augusta. De hecho, si pasean por los Mausoleos romanos que se encuentran frente a ella podrán ver los restos de esta calzada que aún queda visible. También, la Puerta de Algeciras, que es como se conocía a la Puerta del Puente en época romana era la puerta de acceso desde el Sur de la ciudad, desembarcaban los barcos comerciales en su travesía por el río Guadalquivir en el cercano puerto existente en aquella época.

      El entramado de carreteras que los romanos realizaron hizo que las comunicaciones entre todas sus ciudades fuera más fáciles. Córduba, como capital de la Betica, y una de las ciudades más importantes del Imperio no podía quedarse atrás en cuanto a infraestructura, calzadas y caminos. En su paso por la ciudad, la Vía Augusta ha dejado su impronta en la ciudad aún después del paso de los siglos. 

lunes, 10 de octubre de 2016

NUESTRA GASTRONOMÍA. HISTORIA Y EVOLUCIÓN DEL PASTEL CORDOBÉS.

    Pronto llegará el día de San Rafael, y como es tradición para los cordobeses degustaremos un riquísimo pastel cordobés. Sin lugar a dudas, el dulce más representativo de nuestra ciudad. Este dulce creado en el siglo XIX por artesanos cordobeses sólo los podréis encontrar aquí, aunque si es cierto de que, aunque como tal, este dulce nació en la confitería artesana de la Córdoba de hace un par de siglos, su origen se remonta a unos cuantos siglos más atrás.
cabello de ángel

    Fue en época islámica, cuando Córdoba estaba a la cabeza de todos los avances intelectuales, tecnológicos, científicos y gastronómicos. Los musulmanes trajeron de Bagdad (entre otros productos) el cabello de ángel. Con él hacían multitud de pasteles de hojaldre que rellenaban con el producto de elaborar la cidra. 

    Estos tipo de pasteles sufrieron una transformación en la Baja Edad Media, y tras la repoblación cristiana de la ciudad, cuando los cristianos empezaron a incluir en esta receta la manteca de cerdo, la cual estaba prohibida para los musulmanes.

   

Pastel cordobés tradicional
Pero el origen como tal del nombrado pastel cordobés estuvo en la Confitería Mirita, quienes aprovecharon el exceso de cidra que se producía en Trassierra para sustituir los cortadillos de cidra por unos pasteles más grandes. Sin embargo, no sería esta confitería, sino otra, la conocida Confitería La Perla, quien empezó a incluir este pastel de forma sistemática entre sus otros productos, produciendo grandes cantidades de este dulce entre sus estantes. Pero quienes popularizaron el pastel cordobés a lo que hoy día es fue la Confitería San Rafael, quienes llevaron a tomar este dulce cordobés el día de la festividad de San Rafael.

    Actualmente se está popularizando una variante del pastel cordobés, en el que se incluye jamón serrano, pero esta no es la receta original, la cual sólo incluye el hojaldre, el cabello de ángel que va rellenando dicho hojaldre y espolvoreado con azúcar y canela.

Manolete
     
Otra variante del pastel es el conocido como Manolete, creado por José Delgado, el dueño de la Confitería San Rafael, quien en 1944, gracias al torero Manolete ideó un pastel cordobés de pequeñas dimensiones, pues el torero quiso agradar a sus amigos mexicanos con el pastel cordobés, pidiéndole al confitero que le confeccionase una docena. Debido al largo viaje, y para que estos se conservasen mejor los hizo más pequeños, nombrándolos como el torero.

    Si bien, este dulce de origen cordobés y con tradición islámica no has probado aún, entiendo que no eres de Córdoba, por eso invito a todo el mundo que el día 24 de octubre se deje caer por la ciudad y entre paseo y paseo deguste este singular dulce.

martes, 4 de octubre de 2016

TOPONIMIA. ¿QUÉ FUE Y PORQUÉ RECIBE EL NOMBRE LA CALLE CAPITULARES?

    La calle Capitulares es una de las calles más reconocidas y destacadas de la ciudad. Calle que ha sufrido un sin fin de transformaciones, y en la que actualmente está sufriendo un nuevo lavado de cara. Pero en el pasado esta calle recibió varios topónimos, siendo el de capitulares el último, y por ahora, definitivo. 

    Para conocer el motivo del topónimo actual debemos remontarnos al siglo XVI, pero antes de ello, quisiera remontarme a los orígenes de esta calle, cuando aparece documentada desde el siglo XIV recibiendo el nombre de calle Marmolejos. Por aquel entonces, la calle Marmolejos era la prolongación de la calle la Feria, extendiéndose paralelamente a la muralla hacia la plaza de San Salvador. Una parte de ella,  desde la calle de la Feria hasta el convento de los frailes predicadores (conocidos como Marmolejos). En aquellos tiempos, estaba ubicada parte de la calle a la collación de San Pedro, y la otra parte a la collación de San Andrés. El carácter comercial que tenía la calle la Feria era el mismo que tenía esta calle Marmolejos, encontrándose en ella tiendas, casas-tiendas y algunos mesones.

    Ya en el siglo XVI, se pretendió pasar la Casa capitular a una nueva ubicación, la calle Marmolejos (anteriormente estaba en la conocida calle Ambrosio de Morales). Para ese fin, se compró a los señores de Luque unas casa-tienda, los Arcolados, empezando las obras en 1594, terminando por completo las obras en 1731 con la compra de unas casas auxiliares.

     Bajo el nombre de calle del Ayuntamiento, en 1911 recibiría su nuevo topónimo, calle Joaquín Costa, siendo veinte años más tarde cuando recibiría la orden de pavimentación de la calle. El nombre de la calle vino en honor al político, economísta, historiador, quien fue el mayor representante del regeneracionismo español, quien murió el 8 de febrero de 1932 (el nombre de la calle se cambió el día 13 de febrero).

    Y tras el impás que supuso el nombre de Calvo Sotelo, en la cual se produjo el alumbrado en 1950, y se puso como centro de la ciudad la puerta del Ayuntamiento en 1970, Recibió el nombre que actualmente regenta en las paredes de la calle, Capitulares, en honor a esas casas capitulares que se instalaron en el siglo XVI como referentes de la política cordobesa.

miércoles, 27 de julio de 2016

EL ESCUDO DE CÓRDOBA. ORÍGENES Y EVOLUCIÓN

    

    En Córdoba usamos indistintamente el escudo de la ciudad como el sello, emblema del Ayuntamiento y Diputación. No siempre fue así y no debe de ser así, pues ambos tuvieron en el pasado fines totalmente distintos. Mientras que el escudo de armas era el idenficativo de la ciudad, la función del sello era la de acreditar la garantía de las órdenes y escritos, además del emblema que avalaba los productos de su industria.

Pendón real de San Jórge de Cáceres
    En cuanto al blasón de armas se refiere, este estuvo ligado desde su origen a la reconquista cristiana de la ciudad. Para historiadores de la talla de Ortí Belmonte, este escudo real tiene un gran parecido al antiguo estandarte y pendón real de San Jórge de Cáceres, el cual perteneció al rey Fernando III. Pero este no fue el primer escudo que la ciudad tuvo. Si nos atenemos a las referencias más antiguas del escudo de Córdoba, el primitivo blasón de la ciudad era un grifo hollando a un hombre con la leyenda latina: Han, qui Gryphus, equus, coepit, Rex. Fortis et equus. "El rey fuerte y justo, con caballo cual grifo tomó esta ciudad". Esta representación fernandina con la imagen del rey Santo a lomos de un corcel en pose de defensor de los reinos cristianos se puede ver hoy en la reja de la capilla real de la Catedral de Sevilla, lugar de su entierro, no quedando en Córdoba ningún lugar donde poder ver este primer escudo.

    Será a partir del siglo XVI, cuando la ciudad de Córdoba empezó a usar como escudo de armas el león rampante rodeado de una bordura de cuatro castillos y cuatro leones alternados. No existe una norma que impusiera un número específico de cuarteles, pues esta cantidad ha ido variando en número según la época y el momento. En el siglo XVIII el número de castillos y leones alternos fue variando de seis a un total de nueve. Mientras que un siglo después, el número volvió a pasar a cuatro.

    En cuanto al sello de la ciudad, el primer sello, que casualmente se encuentra en el archivo documental de la Casa de Medinaceli en Sevilla, se puede apreciar el antiguo alminar de Abd ar-Rahman III. En primer término del paisaje; el Guadalquivir, el Puente Romano y la noria de la Albolafia. En segundo lugar la primitiva configuración de la Puerta del Puente con las murallas de la ciudad. Y tras ellas los muros de la Mezquita, y tras el alminar, la presencia de palmeras.

    Este también ha sufrido severas modificaciones a lo largo de los siglos, pues en el siglo XV, era mucho más esquemático, representándose el Puente, la Albolafia a la izquierda, la Mezquita con el alminar rematado en semiesfera bulbosa, y las palmeras flanqueando la torre islámica. Siendo el actual un tanto parecido al primigenio, sustituyendo el alminar por la torre de la catedral, apareciendo la noria y la erradicación de las murallas, sustituyéndolas por un conjunto de casas. 

      

viernes, 15 de julio de 2016

SAN ACISCLO Y SANTA VICTORIA. ENTRE LA LEYENDA Y LA REALIDAD

   
Son muchos los cordobeses y foráneos que se equivocan al distinguir entre los patrones de la ciudad y su ángel custodio. San Rafael no es y nunca fue el patrón de Córdoba, sino que este título recae en San Acisclo y Santa Victoria. Y aunque es bien conocida la leyenda de San Rafael quizás es menos conocida la de nuestros Santos Patrones.

    Según nos cuentan los antiguos escritos, Acisclo y Victoria nacieron a comienzos del siglo III, cuando la conquista romana había finalizado y empezaba el proceso de romanización de todas los ciudades conquistadas. Estos dos personajes, hermanos, nacieron en la Puerta del Colodro, quedando a una temprana edad huérfanos y al cuidado de una matrona que los educaría en el santo temor de Dios.

    La leyenda cuenta como por ese entonces, cuando la fama de los hermanos empezaba a incomodar a los romanos llegó a la ciudad el pretor Dión, quien publicó un edicto amenazante sobre quienes no cumplieran el culto a los dioses romanos. Acisclo y Victoria fueron llevados hasta el pretor y comenzó un severo interrogatorio donde los jóvenes hermanos no sólo no se retractaban de su fe y sus acciones sino que acometían con valentía. 

    La tortura a la que fueron sometidos fue cruel y desproporcionada, en primer lugar, tras el ingreso a prisión, Acisclo fue torturado mediante azote con varas y Victoria mediante la introducción de puntas de acero en plantas de los pies. Como los hermanos seguían manteniendo la actitud arrogante, fueron condenados a morir en la hoguera. Estos entraron alegres al fuego haciéndose la señal de la cruz, pero por milagro divino salieron ilesos de las llamas. 

    Tras estos hechos, el pretor romano mandó arrojarlos al río colgándoles al cuello grandes piedras de molinos. La leyenda nos dice que no sólo no se ahogaron, sino que caminaron por encima de las aguas. La siguiente tortura que Dión ordenó realizar sobre Acisclo y Victoria fue la de atarles a una rueda con garfios que al girar sobre una hoguera desgarraría y despedazaría sus cuerpos a la vez que lo abrasaban, pero el artilugio falló, el fuego se apagó y los hermanos siguieron con vida.

   Finalmente, ya cansado y enfadado Dión mandó violar primero y asaetar después a Victoria, mientras que a su hermano Acisclo lo mandó degollar y descuartizar. De esta manera los hermanos murieron, siéndoles otorgado el título de mártires y desde entonces patrones de la ciudad de Córdoba. En el triunfo de San Rafael que se encuentra en la Puerta del Puente se puede ver los dos santos mártires portando las armas con las que murieron, siendo ligadas desde entonces a su iconografía.

    Pero.... ¿qué hay de cierto en la leyenda? ¿qué debemos de creernos?. Para empezar, el proceso de romanización fue mucho más temprano de lo que la leyenda nos dice, si es verdad que en zonas cántabras esto apenas sucedería, en Córdoba especialmente esta romanización se llevó de manera más temprana y rápida. No debemos de olvidar que el emperador Augusto ya nombró a Córdoba con el status de Colonia Patricia (esto no hubiera sido posible sin una romanización). 

   Si bien, la mayor controversia que existe entre la realidad y la leyenda es la propia existencia de Victoria. El primero en pronunciarse, José María de Mena Calvo, recoge en el Boletín de la Real Academia de Córdoba en el año 1994 los escritos del historiador eclesiástico Ángel Fábregas Grau. En estos escritos, Fábregas Grau realiza un estudio que pone en duda la existencia de la hermana de Acisclo, tras estudiar unas inscripciones mozárabes donde se menciona a Acisclo pero no hay ningún rastro de Victoria. Además, apoya su teoría en que en la obra de San Eulogio no se menciona a Victoria en su lista de mártires cordobeses. Además, en el calendario que el obispo Recismundo realizó en el año 961 hace mención a San Acisclo pero no a su hermana. 

    Con estas evidencias documentales de que Victoria no existe, ¿cómo es que llega a nosotros la leyenda popular de los dos hermanos mártires? Para responder a eso debemos de mirar hacia el siglo XVI, cuando tras las obras de la iglesia de San Pedro se hace el descubrimiento de unas inscripciones donde se interpreta de forma errónea y de ese modo se dio vida a Victoria como hermana de Acisclo en lugar de la Victoria de Acisclo.

      Sea como fuere, desde entonces, en el devenir popular de la ciudad de Córdoba ha pasado como que Acisclo y Victoria son los santos patrones de la ciudad, mártires que procesaron la fe cristiana en un momento de persecución muy dura como la fue la de Diocleciano, instigando valor a los cristianos que de una manera u otra lucharon por sus creencias. Si bien, ya se tiende a ver como que la figura de Victoria no existió y que el Santo Mártir fue tan sólo Acisclo.




miércoles, 29 de junio de 2016

¿DÓNDE VIVIMOS? ORÍGENES DE CÓRDOBA. LA HUERTA DE LA REINA

     La Huerta de la Reina, esa barriada que se enmarca en el distrito noroeste de la ciudad y  delimitada por la Avenida de la Libertad, la avenida Tenor Pedro Lavirgen, y las avenidas del Brillante y Llanos del Pretorio. Sus orígenes como barriada se remontan a la llegada del ferrocarril a la propia Córdoba. Pues debido a la construcción de las líneas ferroviarias se tuvo la necesidad de alojar a los obreros, siendo este lugar uno de ellos. Bien, el nombre que recibe dicha barriada, Huerta de la Reina, es recogido en honor a una antigua huerta que recibía el mismo nombre, y hasta aquí es lo que se conoce de este lugar. Pero, ¿Qué mas se sabe? ¿siempre fue huerta?, ¿a qué reina se refiere?
Durante la época musulmana, la ciudad de Córdoba se encontraba rodeada por una muralla, siendo el límite de esta muralla por el norte la que se conoce actualmente como Calle Ronda de los Tejares, de hecho, si se observa con detenimiento, restos de esta muralla, que también coincide con el trazado de la muralla romana, se puede ver por las cristaleras del Banco Cajasur que se encuentra frente al Corte Ingles. 

     Fuera de estos muros, desde la conocida Puerta Osario, conocida en aquella época como la Puerta Bab al- Yähud, o puerta de los judíos. Tras esa puerta, lindaba un cementerio conocido como Umm Salama, siendo con toda seguridad el cementerio más grande e importante de la Córdoba islámica. El nombre viene dado en honor a la nieta de Al-Hakam I, que fue también esposa del emir Muhammad I.  Este cementerio que fue ampliado en la parte final de la ocupación musulmana en Córdoba, sustituyó al conocido como Arrabal de los bordadores (rabad al Tarrazin).

     Será tras la conquista cuando el topónimo de Huerta de la Reina aparezca. Según las concesiones que el rey santo dio a cada una de las ordenes militares, a la Iglesia y a aquellos que lucharon por la reconquista de la ciudad, Fernando III otorgaría a estas lindes a San Pedro de Nolasco, quien en estos terrenos construyó los cimientos del hoy conocido como convento de la Merced. A tenor de las circunstancias matrimoniales, donde la reina Beatriz de Suabia, primer esposa del rey santo falleció en 1235, y la segunda esposa, la reina Juana de Ponthieu, casó con Fernando III en 1237, el topónimo se refiere a la reina madre Doña Berenguela (casualmente este barrio tiene una calle en su nombre).

    En el año 1305, la Huerta de la reina fue vendida para explotarla a otro de los grandes nombres de la reconquista, Pay Arias de Castro, señor de Espejo, que fue pasando por heredad hasta su bisnieta Beatriz Paes, quien la vendió a Alfonso Martinez, señor de las Albolafias. En 1401 este vendió la Huerta a Alfonso de Sousa, Alcalde Mayor de Córdoba, de la que pasaría a Leonor de Córdoba. Finalmente, las crónicas acaban con la Huerta de la reina en manos de la familia de Henestrosa, sin poder conocer quien fue el último de sus dueños.

    Hubo varios intentos de donar la Huerta de la Reina a la Iglesia, pero el encarecimiento que tenía su cuidado hizo que el cabildo catedralicio negara dicha donación, haciéndose cargo de ella miembros de la Orden de Calatrava, según recogen las crónicas. En esta primera época, el tamaño era tan grande que estaba dividida en dos: la Huerta de la Reina alta (o la de fuera) y Huerta de la Reina Baja (o de dentro),  Abarcando sus lindes con la frontera de las Huertas del Tablero bajo hasta el Convento de la Merced, el Convento de Santa Maria de las Duelas y con el Convento Real de San Pablo.

      Con el tiempo la Huerta de la Reina ha ido avanzando, tal como se dijo al principio, fue evolucionando como barriada junto con la llegada del ferrocarril, pero antaño fue una de las más fructíferas huertas del reino, y de la ciudad, dedicada a la Reina Berenguela, y antes de ello perteneció a un arrabal y un cementerio musulmán, dedicado a otra reina Salama.

jueves, 23 de junio de 2016

¿QUIÉN VIVIÓ AQUÍ? LA CASA PALACIO DEL BAILIO

Situada en la cima de la cuesta que recibe su mismo nombre, se encuentra esta Casa-Palacio, hoy reconvertida en parte Biblioteca viva de Al-Andalus, en parte Hotel el Bailio. Muchos son los cordobeses que pasan diariamente por sus puertas sin conocer nada o poco sobre su Historia. ¿Quién habitó este palacio?, ¿de dónde recibe el nombre?, ¿Qué secretos esconde?.

La Casa del Bailio empieza con el linaje de los Señores de Aguilar, marqueses de Priego por aquel
entonces. Este primer linaje que aterriza en este espectacular enclave llega de la mano de Pedro Nuñez de Herrera, hijo bastardo de Alfonso Fernández de Córdoba,  VI señor de Aguilar. Y aunque se tratase de un hijo bastardo, este fue totalmente reconocido, dotándole de una línea nobiliaria propia. Este linaje y el patrimonio dotado por el padre le permitió participar en la última fase de la reconquista granadina, en Nápoles junto al Gran Capitán, y contra los otomanos, batallas que le dieron fama y un sustento económico que lo capacitó para ir adquiriendo poder, siéndole otorgado el papel de Bailío de Lora del Río, nombre por el cual esta casa recibe el nombre, habiendo obtenido ya el hábito de la Orden de San Juan.

Pero un momento, no todos deben de saber ¿qué es un Bailío?, pues bien, haciendo un breve inciso, un Bailío, es un cargo público, considerándose como el administrador real de un territorio determinado, en este caso, Pedro Núñez de Herrara lo era de Lora del Río.

A Pedro Nuñez de Herrera, además del citado título administrativo, también se le encomendó los Yébenes y el título de Gobernador de Trípoli. En general, debido a la influencia familiar y las donaciones pertinentes, el Gran Bailío de Lora consiguió tener un poder económico tan grande que hizo crecer su rama familiar de forma sublime. Esto le valió para que esta rama de los Córdoba perdurara durante generaciones. 

Es interesante el linaje que dejó Pedro Nuñez, pues su hijo Alfonso fue procesado dos veces por la Inquisición, debido a los embrujes de las famosas Camachas de Montilla. No obstante, gracias al linaje de este, Alfonso Férnandez de Córdoba y Aguilar, que fue transmitido por línea varonil, comenzará un entresijo de políticas matrimoniales que irán otorgando a esta casa un sin fin de dueños que perdurará durante varios siglos. En primer lugar, la anexión del linaje de la Casa de Fontanar, y ya metidos en pleno siglo XVII, el linaje de los Henestrosa, que tras su disolución, pasó a estar en la Casa de los Teba, fruto de la cual los Bailío acabaría convirtiéndose en nobleza señorial.   





viernes, 26 de febrero de 2016

TOPONIMIA. EL ORIGEN DE LA AVENIDA DE LAS OLLERÍAS

Desde este blog queremos inaugurar una nueva sección, los topónimos de nuestras calles, ¿Cuál es su origen? ¿Conocemos de donde vienen los nombres en las calles donde vivimos? ¿Quién es ese que figura ahí? ¿Qué hizo por Córdoba para merecer una calle?. Pues bien, estoy seguro que muchos no conocen el origen de los nombres de nuestras calles, y para ponerle remedio a este asunto, poco a poco iremos esclareciendo este tema. 

En el post de hoy quería empezar con un lugar muy conocido por todos los cordobeses, la Avenida de las Ollerías. No lo hago por nada especial, ni siquiera vivo aquí, pero me pareció que ya que su nombre se remonta a varios siglos atrás, era un buen comienzo.

Pues bien, el nombre se remonta a las tiendas de las ollerías, que por aquel entonces estaban concedidas en exclusiva al cabildo catedralicio por parte del rey Alfonso X en 1281, y dando nombre a esta calle desde fines del siglo XIV.  Por aquel entonces, esta calle iba desde el Caño Quebrado hasta la puerta de la Alcaicería de los paños. 

Cuando me refiero a tiendas de ollerías, no debeis de imaginaros ollas tal cual, esto se refiere a la cerámica, el uso de vajilla echa con barro, pudiendo hacerse cualquier utensilio que sirviera para la vida cotidiana, o bien también para el comercio o la artesanía.

El número de tiendas dedicadas a la  venta de ellas fue en un principio de diez, pero con el aumento de la demanda de objetos de barro, a finales del siglo XIII e inicios de la centuria siguiente, fue autorizada por Fernando IV en 1304 la ampliación de este número a quince. Posteriormente, ya en el siglo XV, Enrique IV al haberse incrementado el número de olleros en la ciudad permite que el deán y cabildo catedralicio puedan abrir cinco o diez tiendas más en la collación de Santa María (actualmente el entorno de la Mezquita), continuando ellos con el monopolio de este sector económico.

Este topónimo perdurará durante toda la Baja Edad Media, pero se perdería en el tiempo ya que su nombre fue renombrado en varias ocasiones, destacando el nombre de Avenída Obispo Adolfo Pérez, nombre que perduraría hasta finales del siglo XX. Actualmente recuperó su antigua nomenclatura. 

Bien, ya he cumplido el objetivo de este post, pero no acabaría del todo contento si lo dejara en este punto. Ya sabemos de dónde proviene el nombre de la concurrida avenida, ya sabemos desde cuando se conoce así a la calle, pero... ¿y antes?, ¿qué ocurre en esta zona antes de esto? habrá veces que no sepa responder a esta pregunta, bien porque en el archivo no halla nada, ni en los libros y la arqueología no nos de tampoco la respuesta, pero este no es el caso.

Gracias a los trabajos en arqueología, en el pasado se descubrieron una serie de hallazgos que nos esclarecen lo que pudo pasar más allá del siglo XIII en esta zona de la ciudad. En época romana este lugar fue usado como necrópolis, Esta necrópolis romana conectaba perfectamente con la que se encontró en el número 14 de la misma calle, esta necrópolis debió desaparecer en el momento en el que la vía que pasaba por aquí fue usado como un camino secundario.  Además las excavaciones han encontrado lo que pudo ser una mezquita de barrio en lo que era el arrabal oriental de la muralla perteneciente a la axerquía. Esta mezquita data de época almohade. También se han encontrado hornos dedicados a la creación de cerámica de época musulmana por lo que no es de extrañar viendo cómo al final este desempeño es el que ha perdurado durante la etapa Bajomedieval.







miércoles, 20 de enero de 2016

LA EVOLUCIÓN DE LAS NECRÓPOLIS EN CÓRDOBA

    Desde que el Cónsul Claudio Marcelo fundara Córdoba hasta nuestras fechas, la ciudad ha ido evolucionando, así como, lo ha hecho la forma en la que enterramos a nuestros semejantes. Hoy día, tanto el modelo de sepultura como el lugar donde decidimos que descansen los restos de un ser querido es muy variopinto y dependerá de últimas voluntades o a últimas estancias, de cómo vivió esa persona, o incluso, de dónde queramos que esté. La incineración o la sepultura es un claro ejemplo de debate entre los familiares, y elegir cementerio, el campo o cualquier otro rincón especial es otro. Esto no ha sido así siempre, y durante los veintidós siglos de historia que recorren las calles de Córdoba, y dependiendo de quienes han vivido en ella, la sepultura se ha ido realizando según sus creencias religiosas.

Mausoleo romano de Puerta Gallegos
    Las necrópolis romanas de Corduba, rodearon la ciudad, hallazgos arqueológicos que evidencian una gran demografía. Estas necrópolis coinciden con los cuatro ejes principales de la ciudad. Junto a la Vía Augusta, al Este, se encontraría la necrópolis patricia, al Sur, los datos arqueológicos revelan que la necrópolis tuvo que estar en el Campo de la Verdad. Al Oeste, los hallazgos encontrados, nos muestran que tuvo que ser una zona noble, y ejemplo de ello lo encontramos en el mausoleo de la Puerta Sevilla, ya que este se encontró en Ciudad Jardín. Al Norte, la de mayor extensión de la ciudad, se encontraba en la calzada que llevaba a la Sierra de Córdoba.  Una necrópolis que se usó hasta el siglo IV, y en la que destacan el sarcófago (hoy hallado en el Alcázar de los Reyes Cristianos) y el Hipogeo de la Diputación. 

    Como ya habéis podido ver, en el mundo romano, las necrópolis se encontraban extramuros, donde la muralla marcaba la frontera entre los muertos y los vivos. Con frecuencia estas necrópolis eran decoradas con bellos jardines. Respecto al modelo de enterramiento, había dos: inhumación e incineración.  Por otro lado, las tumbas estaban dotadas de elementos para poder celebrar banquetes funerarios para honrar al difunto. 

    El ritual ha seguir, siempre que las circunstancias se dieran, daba comienzo en el mismo lugar donde había vivido el difunto. La familia acompañaba al moribundo a su lecho, para darle el último beso y así retener el alma que se le escapaba por la boca. Tras la muerte, se le cerraban los ojos y se le llamaba tres veces por su nombre para comprobar que realmente había muerto. Posteriormente, se le lavaba, se le perfumaba y se le vestía. Los romanos cogieron la misma tradición griega de usar monedas en los ojos para pagar a Caronte. Finalmente el cuerpo del difunto se colocaba sobre una litera con los pies hacia la puerta de la entrada, rodeado de flores, y se quemaban perfumes. El cuerpo quedaría expuesto de 3 a 7 días, según la condición social del fallecido.  El transporte a la pira funeraria o a la tumba se realizaba con el fallecido en una caja de madera sin cubrir, llevada a hombros por sus familiares, generalmente, mientras, las mujeres acompañaban el duelo llorando o golpeándose el pecho. La humatio, parte esencial de este ritual, consistía en echar tierra sobre el difunto o sus restos (dependiendo del modelo de enterramiento).  La tumba se consagraba con el sacrificio de una cerda y se llamaba tres veces al alma del difunto para que entrara en la morada que se había construido. La incineración se llevaba a cabo en la pira, donde se le abrían los ojos para que pudiera ver como su alma regresaba al cielo. Se le cortaba un dedo para enterrarlo y finalmente daba comienzo el proceso.

    Al igual que ocurre en época romana, durante el periodo islámico, las necrópolis se encontraban fuera de la ciudad, extramuros, y muy cerca de las puertas de entrada y de los caminos. En Córdoba contamos con varios casos, los enterramientos de la Avenida de la Victoria, los de la Plaza de Colón, o de la Avenida del Campo de la Verdad. Cerca de estos lugares extramuros, suelen documentarse zonas de actividades artesanales (como alfares) y muladares (espacios destinados a la acumulación de residuos orgánicos), También son enterrados cerca de ríos, acuíferos subterráneos, o arroyos. Por otro lado, dentro de las murallas, sólo pueden ser enterrados los Califas, miembros de la familia real y personajes de alto rango. 

Necrópolis musulmana de Poniente
     Las tumbas se disponen una junto a la otra, sin orden aparente, observando como, a veces, existen pequeños espacios entre ellas para el paso de familiares y amigos que visitaban las tumbas . En muchos casos esto desaparece, produciéndose una superposición de sepulturas. El ritual de enterramiento era bien sencillo, presentan una fosa simple excavada en el terreno, generalmente este no debe de ser más profunda que la cintura de un hombre. Allí, se sitúa el cadáver envuelto en un sudario, desprovisto de ataúd, y orientado en ángulo recto con la qibla de la Meca. En el caso de Al-Andalus era el eje NE-SO.  El cuerpo debe de disponerse decúbito lateral derecho, con la cara orientada al Sur, los brazos recogidos hacia delante sobre la región púbica y las extremidades inferiores ligeramente flexionadas. Según los preceptos religiosos, las sepulturas deben de ser individuales , y las fosas deben de ser tapadas con una cubierta simple, sin ser rellenada de tierra. 

    Los judíos, cuya existencia en esta ciudad se encuentra desde la misma llegada de los romanos, también dejaron su impronta respecto a las necrópolis, pues a pesar del dominio romano, visigodo y musulmán, este pueblo tenía unas costumbres funerarias diferentes a los pueblos que cohabitaban la ciudad. Pero igual que los anteriores, el cementerio se encuentra extramuros, Este terreno elegido debería cumplir una serie de premisas: tenía que ser tierra virgen, estar en pendiente, y estar orientado hacia Jerusalén. La Judería debería tener un acceso directo al cementerio para evitar que los entierros tuviesen que discurrir por el interior de la ciudad. 

     El cementerio judío en la ciudad de Córdoba se encontraba en la hoy conocida Huerta del rey, próxima a la Puerta de Almodóvar. Según la costumbre judía, el cadáver debe de estar tapado, ya que exhibirlo era considerado deshonroso, Además, el fallecido nunca debe de quedar solo, siempre debe de estar acompañado en todo momento. Según este ritual, a la cabecera se coloque una luz, en recuerdo de que el alma es la luz del Señor. Las flores son símbolos de vida, por lo que no se les pone al fallecido como adorno, además de que cualquier símbolo de lujo debe de ser tapado. Cuando se llegaba al lugar de enterramiento se producía la Tahará, o el baño ritual. Después de la misma se produce el momento de colocarle las mortajas, símbolo inequívoco de igualdad en la muerte. Tras las palabras del rabino, los seres queridos se rasgarán las vestiduras, símbolo de dolor y amargura. 

túmba perteneciente a la Mezquita-Catedral
    Con la llegada de los cristianos, tras la reconquista, el modelo de enterramiento no tenía dudas, sólo la inhumación, al igual que ocurriría con judios y musulmanes, el cuerpo debe de ser enterrado. Ahora, lo que preocupaba de la muerte era el lugar de enterramiento, que este podía ser bien en el cementerio o en los propios templos. Los cementerios se encontraban anexionados a la iglesia, por tanto se cumple la premisa de que debería encontrarse en lugar santo. Por primera vez un pueblo permite el enterramiento dentro de la ciudad y no sólo extramuros. Aquellos que eran elegían enterrarse en el cementerio eran los más humildes, aquellas personas que no podían costearse un enterramiento dentro del templo.  En la Córdoba bajomedieval, el lugar preferido para enterrarse eran los monasterios franciscanos: La iglesia de San Francisco, dentro de la ciudad y San Francisco de la Arruzafa y San Francisco del Monte extramuros. Junto a los monasterios, la gente de la época solía enterrarse en el cementerio de su parroquia, a excepción de la aristocracia, que solía elegir el suelo de la Catedral. 

     Para los cristianos, la misa está considerada como un ritual más dentro de la muerte, y como tal es esencial para el paso del alma al más allá. El protagonismo en esta época de misas por el alma de un ser querido es característico en todos los testamentos. También es cierto que dependiendo del capital que uno tuviera tendría más misas, pues los actos litúrgicos estaban relacionados con su poder económico. Los servicios mínimos eran la misa del funeral y la de los nueve días, otras misas son las que se ofrecen al año. Los más pudientes pagaban por el carácter perpetuo, y se realizaba para ser recordado siempre. En este caso el fallecido se aseguraba que todos los días se diera una misa en su nombre. 

Cementerio de la Salud
    No sería hasta la llegada de los franceses cuando se instaura en la ciudad el primer cementerio cristiano, el cementerio de la Salud. Con esto, el 4 de octubre de 1809, por el edicto firmado por José I se ordena la creación del cementerio y así poner fin a la costumbre de enterrar a los muertos en las iglesias y aledaños. Las obras comenzarían en 1811 pero hasta 1833 no acabarían, siendo esta la fecha de las primeras inhumaciones de la ciudad en dicho cementerio.

     Como habéis podido comprobar, cada pueblo, cada periodo de la historia de esta ciudad ha tenido como consecuencia un tipo de enterramiento diferente según sus creencias, según sus costumbres, por lo que a la vez que la ciudad evolucionaba o cambiaba, lo hacían sus necrópolis. Hoy día, y tal como reseñaba al principio, es más anárquico, no hay un ritual establecido, no hay unas normas a seguir, sino que cada uno recuerda a sus seres queridos de una manera u otra según sus propias creencias. Ya no sólo existen las misas, sino que además existen las reuniones alrededor del fallecido donde se cuentan anecdotas y la vida del ser que acabamos de perder. Y al igual que ocurrió en la etapa romana, la incineración es una opción.