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miércoles, 20 de enero de 2016

LA EVOLUCIÓN DE LAS NECRÓPOLIS EN CÓRDOBA

    Desde que el Cónsul Claudio Marcelo fundara Córdoba hasta nuestras fechas, la ciudad ha ido evolucionando, así como, lo ha hecho la forma en la que enterramos a nuestros semejantes. Hoy día, tanto el modelo de sepultura como el lugar donde decidimos que descansen los restos de un ser querido es muy variopinto y dependerá de últimas voluntades o a últimas estancias, de cómo vivió esa persona, o incluso, de dónde queramos que esté. La incineración o la sepultura es un claro ejemplo de debate entre los familiares, y elegir cementerio, el campo o cualquier otro rincón especial es otro. Esto no ha sido así siempre, y durante los veintidós siglos de historia que recorren las calles de Córdoba, y dependiendo de quienes han vivido en ella, la sepultura se ha ido realizando según sus creencias religiosas.

Mausoleo romano de Puerta Gallegos
    Las necrópolis romanas de Corduba, rodearon la ciudad, hallazgos arqueológicos que evidencian una gran demografía. Estas necrópolis coinciden con los cuatro ejes principales de la ciudad. Junto a la Vía Augusta, al Este, se encontraría la necrópolis patricia, al Sur, los datos arqueológicos revelan que la necrópolis tuvo que estar en el Campo de la Verdad. Al Oeste, los hallazgos encontrados, nos muestran que tuvo que ser una zona noble, y ejemplo de ello lo encontramos en el mausoleo de la Puerta Sevilla, ya que este se encontró en Ciudad Jardín. Al Norte, la de mayor extensión de la ciudad, se encontraba en la calzada que llevaba a la Sierra de Córdoba.  Una necrópolis que se usó hasta el siglo IV, y en la que destacan el sarcófago (hoy hallado en el Alcázar de los Reyes Cristianos) y el Hipogeo de la Diputación. 

    Como ya habéis podido ver, en el mundo romano, las necrópolis se encontraban extramuros, donde la muralla marcaba la frontera entre los muertos y los vivos. Con frecuencia estas necrópolis eran decoradas con bellos jardines. Respecto al modelo de enterramiento, había dos: inhumación e incineración.  Por otro lado, las tumbas estaban dotadas de elementos para poder celebrar banquetes funerarios para honrar al difunto. 

    El ritual ha seguir, siempre que las circunstancias se dieran, daba comienzo en el mismo lugar donde había vivido el difunto. La familia acompañaba al moribundo a su lecho, para darle el último beso y así retener el alma que se le escapaba por la boca. Tras la muerte, se le cerraban los ojos y se le llamaba tres veces por su nombre para comprobar que realmente había muerto. Posteriormente, se le lavaba, se le perfumaba y se le vestía. Los romanos cogieron la misma tradición griega de usar monedas en los ojos para pagar a Caronte. Finalmente el cuerpo del difunto se colocaba sobre una litera con los pies hacia la puerta de la entrada, rodeado de flores, y se quemaban perfumes. El cuerpo quedaría expuesto de 3 a 7 días, según la condición social del fallecido.  El transporte a la pira funeraria o a la tumba se realizaba con el fallecido en una caja de madera sin cubrir, llevada a hombros por sus familiares, generalmente, mientras, las mujeres acompañaban el duelo llorando o golpeándose el pecho. La humatio, parte esencial de este ritual, consistía en echar tierra sobre el difunto o sus restos (dependiendo del modelo de enterramiento).  La tumba se consagraba con el sacrificio de una cerda y se llamaba tres veces al alma del difunto para que entrara en la morada que se había construido. La incineración se llevaba a cabo en la pira, donde se le abrían los ojos para que pudiera ver como su alma regresaba al cielo. Se le cortaba un dedo para enterrarlo y finalmente daba comienzo el proceso.

    Al igual que ocurre en época romana, durante el periodo islámico, las necrópolis se encontraban fuera de la ciudad, extramuros, y muy cerca de las puertas de entrada y de los caminos. En Córdoba contamos con varios casos, los enterramientos de la Avenida de la Victoria, los de la Plaza de Colón, o de la Avenida del Campo de la Verdad. Cerca de estos lugares extramuros, suelen documentarse zonas de actividades artesanales (como alfares) y muladares (espacios destinados a la acumulación de residuos orgánicos), También son enterrados cerca de ríos, acuíferos subterráneos, o arroyos. Por otro lado, dentro de las murallas, sólo pueden ser enterrados los Califas, miembros de la familia real y personajes de alto rango. 

Necrópolis musulmana de Poniente
     Las tumbas se disponen una junto a la otra, sin orden aparente, observando como, a veces, existen pequeños espacios entre ellas para el paso de familiares y amigos que visitaban las tumbas . En muchos casos esto desaparece, produciéndose una superposición de sepulturas. El ritual de enterramiento era bien sencillo, presentan una fosa simple excavada en el terreno, generalmente este no debe de ser más profunda que la cintura de un hombre. Allí, se sitúa el cadáver envuelto en un sudario, desprovisto de ataúd, y orientado en ángulo recto con la qibla de la Meca. En el caso de Al-Andalus era el eje NE-SO.  El cuerpo debe de disponerse decúbito lateral derecho, con la cara orientada al Sur, los brazos recogidos hacia delante sobre la región púbica y las extremidades inferiores ligeramente flexionadas. Según los preceptos religiosos, las sepulturas deben de ser individuales , y las fosas deben de ser tapadas con una cubierta simple, sin ser rellenada de tierra. 

    Los judíos, cuya existencia en esta ciudad se encuentra desde la misma llegada de los romanos, también dejaron su impronta respecto a las necrópolis, pues a pesar del dominio romano, visigodo y musulmán, este pueblo tenía unas costumbres funerarias diferentes a los pueblos que cohabitaban la ciudad. Pero igual que los anteriores, el cementerio se encuentra extramuros, Este terreno elegido debería cumplir una serie de premisas: tenía que ser tierra virgen, estar en pendiente, y estar orientado hacia Jerusalén. La Judería debería tener un acceso directo al cementerio para evitar que los entierros tuviesen que discurrir por el interior de la ciudad. 

     El cementerio judío en la ciudad de Córdoba se encontraba en la hoy conocida Huerta del rey, próxima a la Puerta de Almodóvar. Según la costumbre judía, el cadáver debe de estar tapado, ya que exhibirlo era considerado deshonroso, Además, el fallecido nunca debe de quedar solo, siempre debe de estar acompañado en todo momento. Según este ritual, a la cabecera se coloque una luz, en recuerdo de que el alma es la luz del Señor. Las flores son símbolos de vida, por lo que no se les pone al fallecido como adorno, además de que cualquier símbolo de lujo debe de ser tapado. Cuando se llegaba al lugar de enterramiento se producía la Tahará, o el baño ritual. Después de la misma se produce el momento de colocarle las mortajas, símbolo inequívoco de igualdad en la muerte. Tras las palabras del rabino, los seres queridos se rasgarán las vestiduras, símbolo de dolor y amargura. 

túmba perteneciente a la Mezquita-Catedral
    Con la llegada de los cristianos, tras la reconquista, el modelo de enterramiento no tenía dudas, sólo la inhumación, al igual que ocurriría con judios y musulmanes, el cuerpo debe de ser enterrado. Ahora, lo que preocupaba de la muerte era el lugar de enterramiento, que este podía ser bien en el cementerio o en los propios templos. Los cementerios se encontraban anexionados a la iglesia, por tanto se cumple la premisa de que debería encontrarse en lugar santo. Por primera vez un pueblo permite el enterramiento dentro de la ciudad y no sólo extramuros. Aquellos que eran elegían enterrarse en el cementerio eran los más humildes, aquellas personas que no podían costearse un enterramiento dentro del templo.  En la Córdoba bajomedieval, el lugar preferido para enterrarse eran los monasterios franciscanos: La iglesia de San Francisco, dentro de la ciudad y San Francisco de la Arruzafa y San Francisco del Monte extramuros. Junto a los monasterios, la gente de la época solía enterrarse en el cementerio de su parroquia, a excepción de la aristocracia, que solía elegir el suelo de la Catedral. 

     Para los cristianos, la misa está considerada como un ritual más dentro de la muerte, y como tal es esencial para el paso del alma al más allá. El protagonismo en esta época de misas por el alma de un ser querido es característico en todos los testamentos. También es cierto que dependiendo del capital que uno tuviera tendría más misas, pues los actos litúrgicos estaban relacionados con su poder económico. Los servicios mínimos eran la misa del funeral y la de los nueve días, otras misas son las que se ofrecen al año. Los más pudientes pagaban por el carácter perpetuo, y se realizaba para ser recordado siempre. En este caso el fallecido se aseguraba que todos los días se diera una misa en su nombre. 

Cementerio de la Salud
    No sería hasta la llegada de los franceses cuando se instaura en la ciudad el primer cementerio cristiano, el cementerio de la Salud. Con esto, el 4 de octubre de 1809, por el edicto firmado por José I se ordena la creación del cementerio y así poner fin a la costumbre de enterrar a los muertos en las iglesias y aledaños. Las obras comenzarían en 1811 pero hasta 1833 no acabarían, siendo esta la fecha de las primeras inhumaciones de la ciudad en dicho cementerio.

     Como habéis podido comprobar, cada pueblo, cada periodo de la historia de esta ciudad ha tenido como consecuencia un tipo de enterramiento diferente según sus creencias, según sus costumbres, por lo que a la vez que la ciudad evolucionaba o cambiaba, lo hacían sus necrópolis. Hoy día, y tal como reseñaba al principio, es más anárquico, no hay un ritual establecido, no hay unas normas a seguir, sino que cada uno recuerda a sus seres queridos de una manera u otra según sus propias creencias. Ya no sólo existen las misas, sino que además existen las reuniones alrededor del fallecido donde se cuentan anecdotas y la vida del ser que acabamos de perder. Y al igual que ocurrió en la etapa romana, la incineración es una opción.